sábado, 9 de enero de 2010
Olvidable (parte 5)
Miré el techo por un buen rato. Sentía las respiraciones que hacía Silvina y las que repetía la embarazada y el cuerpo tenso del pelirrojo. Por el agujero no se veía nada, pero algo en esa oscuridad me dejaba mucho más tranquilo que la luz blanca que salía de las paredes. Le toqué el brazo al pelirrojo y abrió los ojos. Hice un gesto con la cabeza que apuntaba a la situación de las mujeres. No quería decir mis miedos en voz alta porque empeoran o se convierten en realidad. Le dije que me hiciera un estribo con sus dedos entrelazados, para que yo pudiera mirar hacia afuera, ver si el otro había podido encontrar una salida o, si seguía por allí, para decirle que se apurara. Estábamos en un edificio viejo, lleno de oficinas y consultorios, y el ascensor era un agregado en la poco transitada área de servicio.
lunes, 28 de diciembre de 2009
olvidable (parte 4)
La embarazada respiraba como si estuviera a punto de parir. Por la panza era evidente que todavía le faltaba un buen rato, pero la chica que se había estado comiendo las cutículas (se llamaba Silvina, o Silvana) estaba convencida de que tenía que hacer la respiración de parto. Yo no terminaba de decidir si era una herramienta de distracción o si realmente creía que eso le ayudaría a calmar el mareo. Del pelirrojo sólo me acuerdo que en ese momento tenía los ojos cerrados y que su silencio era incómodo, como el de un extranjero: un colombiano. El único pelirrojo que conocí, Pablo, un compañero de la primaria. Nadie lo quería cerca porque decíamos que tenía olor a queso. Se atrincheró en la lectura y eso lo convirtió en un objetivo mucho más fácil, como un animal lastimado. Cuando terminamos la primaria se cambió de escuela, o tal vez se volvió a Colombia, pero lo cierto es que nadie más se molestó por saber lo que fue de él. Lo recordé una sola vez, unos años después, y se me ocurrió rastrearlo, pero por falta de iniciativa o por aburrimiento, no lo hice.
domingo, 20 de diciembre de 2009
Olvidable (parte 3)
Martina era la única que a veces podía tomárselo con humor. Revisaba el botiquín para ver si había algún medicamento nuevo y jugaba a ser farmacéutica. Nos diagnosticaba cosas y nos daba remedios que Nicolás a veces se tomaba. Cuando no le prestábamos atención, payaseaba con la gorra de baño: hacía de cuenta que era una bolsa, y se ponía a respirar adentro, como si el espacio del baño fuera muy poco para ella, como si sus pulmones no pudieran soportar semejante vértigo.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Olvidable (parte 2)
El ascensor era de un tamaño parecido al baño donde nos encerraba papá cuando éramos chicos. Tenía un espejo grande, era de calcáreos grises, bastante triste. A la puerta se le salía la manija de adentro, y papá nos amenazaba cada vez que lo poníamos nervioso. Los que no sabían de la falla de nuestro baño no entendían la magnitud de la amenaza, pero aquella manija significaban una, tal vez dos horas en aquel cuarto apenas ventilado por una ventana que estaba cerca del techo, y que estaba a pocos metros de la pared del edificio lindante. A veces me metía a mi solo, pero ese día parecía como si papá nos hubiera metido a todos.
viernes, 4 de diciembre de 2009
Olvidable (parte 1)
Lo último que vimos de él antes de que la embarazada empezara a entrar en pánico fue el cordón sucio de su zapatilla. La chica que se había estado comiendo las cutículas con una voracidad que jamás había visto, abandonó su hazaña y comenzó a tranquilizarla. Al mirarlas, sentía que estaban lejos: no había nada que yo pudiera hacer. Las chicas se habían sentado de un lado y el pelirrojo y yo, del otro. Y el quinto acababa de salir por el techo.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
después del intervalo (FIN)
Cuando pasamos por la sala busco a Darío, pero no está o no puedo encontrarlo. El chico me sienta en el borde de la bañadera y me recomienda que me lave bien, con jabón, y que la próxima vez me ponga zapatos para salir. Me lavo con agua hirviendo porque no siento nada: se destiñe y se va. Mucho menos me voy a indisponer ahora, que la sangre se pierde por otro camino. Como las pastillas, seguro me olvidé los zapatos en lo de Belén. O tal vez Belén se los llevó a la pieza a propósito, y por eso dejó la puerta abierta. No tengo nada clavado en los pies, sólo lastimaduras. Es la falta de costumbre de usar zapatos altos. Cuando se guardan en el fondo de placard, las cosas se olvidan.
viernes, 30 de octubre de 2009
después del intervalo (parte 11)
Algunas personas se están yendo en un taxi, no alcanzo a ver quiénes son. Subo por las escaleras porque el ascensor está arriba, y toco el timbre como energúmena. Esta vez me abre una chica que no vi en toda la noche. Le pregunto por Guadalupe pero levanta los hombros porque no sabe de quién hablo. En la sala quedan menos personas o yo veo mejor o entra mucha luz entre las rendijas de la persiana. Cecilia se abalanza sobre mi, riéndose de mi maratón nocturna. Piensa que me fui con alguien y que no funcionó, pero no intento justificarme, me agota. Me lleva a la cocina a tomar agua porque le pica la garganta y le pregunto por Guadalupe. “Ya se fue”. Y Lucas “También”. Me cambia de tema. Ve que estoy descalza y que me sangran los pies, especialmente el derecho. Le baja la presión porque le impresiona la sangre, y quizás también porque le manché todo el piso de la cocina sin darme cuenta. A mi también me baja la presión, nosé por qué. Tal vez perdí mucha sangre en el camino. Un chico me lleva al baño para que me desinfecte, del pie caen gotitas. La chica que me abrió la puerta se queda abanicando a Cecilia con el menú de un restaurant chino de la vuelta, gritando que alguien le traiga un caramelo o algo.
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