En la habitación hay un velador prendido. La luz amarilla se refleja en la cara de Darío, que no se parece en nada a la de Lucas, pero que me entusiasma igual. Tiro la cartera en la cama y sé que está midiendo la forma en que me muevo. En situaciones como estas puedo apurarme y salir corriendo o aprovechar el conocimiento que tengo –inutilizado hace un tiempo- sobre el comportamiento de chicas como las amigas de mi prima. Me dice dos o tres cosas en italiano –de las mecánicas, pero me da igual-, y brindamos antes de volver a la fiesta en la sala.
Cecilia me estaba buscando. Me lleva a un rincón y me dice que llegó Lucas. “Está con una chica, pero no es la novia. Además es fea.” Me meto en el baño y llamo a mi amiga de la facultad. A ella, como a mi, no le gustan los tacos, ni las fiestas como estas, pero no tiene primas. Y además a mi me gusta el champagne. Le cuento de Lucas, de la chica que todavía no vi pero que es fea. Aunque no lo conoce, a ella no le gusta Lucas, dice que es tan narcisista que debe ser un gay reprimido, que me deje de joder. Yo a veces pienso que a mi amiga tal vez le gusto -cuando uso zapatillas-, y por eso desaprueba de mis amoríos. De cualquier forma se lo permito, porque tengo un historial que en general deja mucho que desear. Me dice que me vaya temprano –para ella es obvio que debería morirme de aburrimiento muy pronto-, le avise y la pase a visitar. Vive a diez cuadras de donde estoy, y va a estar viendo una película. Le recuerdo que quiero conocer a alguien y me contesta que no estoy en el lugar adecuado. Y que no empecemos.
miércoles, 26 de agosto de 2009
jueves, 20 de agosto de 2009
después del intervalo (parte 4)
Alguien me pone una copa de champagne en la mano mientras le digo algunas cosas a Guadalupe y busco a Cecilia con la mirada. Puedo oirla hablando fuerte, excitada en algún punto de la habitación de luces apagadas, con destellos lumínicos rojos, verdes y azules que salen de un par de aparatitos colgados del techo. El timbre ya sonó de nuevo y mi acompañante –decido que será mi nueva amiga por esta noche- se fue a abrir la puerta dando saltitos entre los que conversan y se rien en su camino.
Busco los cigarrillos torpemente con la mano que me queda libre. Me apuro un poco: hay algo de tener las manos ocupadas que me gusta; un elemento sociabilizador pero inaccesible; la prueba del falso orgullo a estar sola en medio de un enorme grupo de personas. Avanzo con cuidado, intentando no salpicar y no caerme de los tacos. Llevo el cigarrillo apagado por encima de mi cabeza, como si pudiera quemar a alguien. Distingo el contorno de Cecilia y me acerco hasta que me ve. Se separa del grupo de cuatro y me abraza con dos chillidos sutiles de genuina alegría. Me explica que pensaba que no vendría por lo del año pasado y el quilombo familiar. Le doy un beso y le señalo los zapatos: vine por el segundo round. Creo que no entiende –o se hace la que no entiende-, y me dice que estoy hermosa y me presenta al grupo. Mariano, Julieta, Delfina y Darío. Saludo con un beso a todos y vuelvo a Cecilia para preguntarle en secreto lo que ya sabe, pero ya se fue a saludar a otros, recién llegados. Uno del grupo me acerca un encendedor prendido y me pregunta con tono extranjero –italiano- si no quiero dejar mi cartera en la habitación. Me rio. Chupo el cigarrillo con fuerza y vuelvo a reir. A los amigos de Cecilia les gusta ser anfitriones. Y hace un año un hombre me preguntaba exactamente lo mismo. No llego a contestar y siento una mano en la cintura que me conduce hasta el fondo del pasillo: me dejo conducir por la mano de un hombre, con la misma naturalidad de los zapatos y un vestido sin corpiño. Y porque las reglas de la casa, el espíritu de la fiesta, son otras. Tomo más champagne. El deja-vu y las burbujas me sugieren que me quede en fiesta.
Busco los cigarrillos torpemente con la mano que me queda libre. Me apuro un poco: hay algo de tener las manos ocupadas que me gusta; un elemento sociabilizador pero inaccesible; la prueba del falso orgullo a estar sola en medio de un enorme grupo de personas. Avanzo con cuidado, intentando no salpicar y no caerme de los tacos. Llevo el cigarrillo apagado por encima de mi cabeza, como si pudiera quemar a alguien. Distingo el contorno de Cecilia y me acerco hasta que me ve. Se separa del grupo de cuatro y me abraza con dos chillidos sutiles de genuina alegría. Me explica que pensaba que no vendría por lo del año pasado y el quilombo familiar. Le doy un beso y le señalo los zapatos: vine por el segundo round. Creo que no entiende –o se hace la que no entiende-, y me dice que estoy hermosa y me presenta al grupo. Mariano, Julieta, Delfina y Darío. Saludo con un beso a todos y vuelvo a Cecilia para preguntarle en secreto lo que ya sabe, pero ya se fue a saludar a otros, recién llegados. Uno del grupo me acerca un encendedor prendido y me pregunta con tono extranjero –italiano- si no quiero dejar mi cartera en la habitación. Me rio. Chupo el cigarrillo con fuerza y vuelvo a reir. A los amigos de Cecilia les gusta ser anfitriones. Y hace un año un hombre me preguntaba exactamente lo mismo. No llego a contestar y siento una mano en la cintura que me conduce hasta el fondo del pasillo: me dejo conducir por la mano de un hombre, con la misma naturalidad de los zapatos y un vestido sin corpiño. Y porque las reglas de la casa, el espíritu de la fiesta, son otras. Tomo más champagne. El deja-vu y las burbujas me sugieren que me quede en fiesta.
viernes, 7 de agosto de 2009
después del intervalo (parte 3)
En lo de mi prima me recibe Guadalupe, una chica que no conozco, de altura promedio, pero extremadamente flaca y con tetas de estreno. Está encargándose de la puerta, me explica, para que Cecilia pueda disfrutar del festejo. Insiste en que la llame Guada, y aunque le aseguro que lo haré, sé que es muy probable que en diez minutos olvide su nombre o la confunda con sus amigas. Mientras me acompaña al living me imagino a un grupo de veinte chicas con la cara y las tetas de Guadalupe, insistiéndome que las llame Guada a la misma vez.
Se preocupa porque soy de afuera, entonces me esfuerzo por entablar alguna conversación que sé inútil desde el principio. Los parlantes largan una música saturada y la gente está en movimiento: las conversaciones deben limitarse a lo estrictamente mecánico. De cualquier forma, necesito cómplices o amigos por un par de horas: alguien con quien pueda sentirme cómoda y, con suerte, desinhibida para cuando llegue Lucas. Debería ser selectiva, pero no dispongo de tanto tiempo, y a juzgar por el comportamiento generalizado, cualquier persona podría ser la equivocada.
Se preocupa porque soy de afuera, entonces me esfuerzo por entablar alguna conversación que sé inútil desde el principio. Los parlantes largan una música saturada y la gente está en movimiento: las conversaciones deben limitarse a lo estrictamente mecánico. De cualquier forma, necesito cómplices o amigos por un par de horas: alguien con quien pueda sentirme cómoda y, con suerte, desinhibida para cuando llegue Lucas. Debería ser selectiva, pero no dispongo de tanto tiempo, y a juzgar por el comportamiento generalizado, cualquier persona podría ser la equivocada.
viernes, 31 de julio de 2009
después del intervalo (parte 2)
Mientras bajo, me miro al espejo del ascensor de reojo como si alguien pudiera verme desde una cámara imperceptible, traicionandome sólo a mi misma, aunque crea que es mucho más que eso. Me repaso los labios con el brillo rosado y salgo a la calle como si estuviera acostumbrada al vestido sin corpiño y a los zapatos que hacen “clic clac clic clac”. (Casi sin querer aceptarlo me encuentro disfrutando de la sensación de la madera contra el piso de la planta baja y la vereda).
En el borde de la calle me aliso el vestido mientras espero un taxi libre. Me rodeo con los brazo como si hiciera frío, paso el peso de mi cuerpo de una a otra pierna cada cinco segundos sin realmente intentar controlarlo. Es natural: cuántos años hace que no salgo con mi prima. Me suelto la cintura y controlo que el pelo siga en su lugar. Corre un viento que es menos que viento y por fin llega un taxi.
En el borde de la calle me aliso el vestido mientras espero un taxi libre. Me rodeo con los brazo como si hiciera frío, paso el peso de mi cuerpo de una a otra pierna cada cinco segundos sin realmente intentar controlarlo. Es natural: cuántos años hace que no salgo con mi prima. Me suelto la cintura y controlo que el pelo siga en su lugar. Corre un viento que es menos que viento y por fin llega un taxi.
domingo, 19 de julio de 2009
después del intervalo
Es curioso darse cuenta de que algunas simples decisiones banales pueden desembocar en resultados trascendentales. Como haber usado un par de zapatos rojos con taco aguja en lugar de las sandalias chatitas que suelo usar para salir los sábados a la noche.
Me gusta considerarme feminista. No voy a usar caros zapatos altos para seducir. Sí, es cierto que las piernas se ven mejor, que se ganan algunos centímetros, pero es francamente incómodo y molesto. Pocas cosas me enervan tanto com el taconeo de las mujeres que van apuradas por la calle caminando detras mio. Pero vuelvo al caso de los tacos rojos.
Voy a la fiesta de cumpleaños de mi prima. No conozco a mucha gente, pero estoy segura de que va a ir Lucas. Barajo varios vestidos: tengo pocos que sean sugerentes, pero opto por uno negro, liso, con la espalda descubierta casi hasta la raya del culo. Tengo una buena espalda y esta noche la quiero mostrar. Los zapatos están en una caja en el fondo del placard, pero como estoy segura de que quedarán mejor que las chatitas, los saco, me los pongo, y dejo todo hecho un quilombo porque es tarde. Me gusta tener razón. Y me deja tranquila saber que si todavía lo deseo, me puedo parecer a mi prima y sus amigas.
Me gusta considerarme feminista. No voy a usar caros zapatos altos para seducir. Sí, es cierto que las piernas se ven mejor, que se ganan algunos centímetros, pero es francamente incómodo y molesto. Pocas cosas me enervan tanto com el taconeo de las mujeres que van apuradas por la calle caminando detras mio. Pero vuelvo al caso de los tacos rojos.
Voy a la fiesta de cumpleaños de mi prima. No conozco a mucha gente, pero estoy segura de que va a ir Lucas. Barajo varios vestidos: tengo pocos que sean sugerentes, pero opto por uno negro, liso, con la espalda descubierta casi hasta la raya del culo. Tengo una buena espalda y esta noche la quiero mostrar. Los zapatos están en una caja en el fondo del placard, pero como estoy segura de que quedarán mejor que las chatitas, los saco, me los pongo, y dejo todo hecho un quilombo porque es tarde. Me gusta tener razón. Y me deja tranquila saber que si todavía lo deseo, me puedo parecer a mi prima y sus amigas.
sábado, 27 de junio de 2009
Rosario en Chubut (parte 5)
En algún otro momento de la tarde retomé la lectura, que iba acompasada con el reloj viejo. Fue antes o después de que saliera a caminar para encontrarme con Héctor que llegaba de otro lugar. Ojalá pudiera volver a escuchar el ronroneo del tractor a lo lejos. Al cruzarnos en el camino, me trepé sobre el tractor en movimiento y llegamos al lugar de donde yo había partido. Bajamos y sin decirnos nada, lo seguí. Cortamos algunas ramas de los pinos, regamos las plantas nuevas de la parte “joven” del jardín y me escapé cuando vi que mi abuela venía hacia donde estábamos.
Volví a la casa por atrás, bordeando el alambrado y una fila de abedules viejos. Creo que entré por la cocina, pero no me crucé con Rosa -quizás entré por la galería-; seguí de largo. Me lavé la tierra de las manos y me enjuagué la cara porque faltaba poco para almorzar. Me acomodé en un sillón gastado y esperé a que mi abuela regresara. Qué hice en ese tiempo. Me enjuagué y después… y leí un rato más -qué libro era-, o miré televisión o me quedé ahí contemplando las vigas del techo. Quizás si hubiera echo una cosa y no la otra el encadenamiento de eventos hubiera sido distinto, y los tipos esos no me habrían visto en la montaña, ni me hubieran dejado acá tirada. Pensaron que era la abuela. Y yo una flor de pelotuda que cree que nunca me puede pasar nada.
Volví a la casa por atrás, bordeando el alambrado y una fila de abedules viejos. Creo que entré por la cocina, pero no me crucé con Rosa -quizás entré por la galería-; seguí de largo. Me lavé la tierra de las manos y me enjuagué la cara porque faltaba poco para almorzar. Me acomodé en un sillón gastado y esperé a que mi abuela regresara. Qué hice en ese tiempo. Me enjuagué y después… y leí un rato más -qué libro era-, o miré televisión o me quedé ahí contemplando las vigas del techo. Quizás si hubiera echo una cosa y no la otra el encadenamiento de eventos hubiera sido distinto, y los tipos esos no me habrían visto en la montaña, ni me hubieran dejado acá tirada. Pensaron que era la abuela. Y yo una flor de pelotuda que cree que nunca me puede pasar nada.
jueves, 18 de junio de 2009
Rosario en Chubut (parte 4)
Ejercito la mente y reconstruyo lo que hice en el día, lo que me llevó a donde estoy, pero se me mezcla. Desayuné tarde, salí a dar un paseo por la ruta de tierra que lleva al pueblo hasta que llegué a la casa de un vecino que tiene perros sueltos que me dan miedo y siempre me ladran. Regresé, leí en el jardín –qué libro era- y ahí me encontró la abuela, que me dijo que estaba blanca, medio verdosa, que porqué no provechaba el solcito caliente del mediodía para ponerme una de esas mallitas que me quedaban tan "monas". Pensé que su vocabulario está en franco retroceso, como en modo económico, que a su mente sólo le queda lugar para algunas etapas de su vida. Le dije que estaba bien, y por un instante me detuve a pensar qué diría mi madre. “Estoy gorda, mamá. Voy a leer un rato más y después me voy a hacer ejercicio.” Me dijo que yo siempre con lo mismo, que estoy linda, que tengo que comer. Aunque tiene razón, mamá siempre tan flaca y obsesiva. No sé si deprimirme o alegrarme de que nos confunde. Si sólo el tiempo pasara un poco más rápido, si pudiera encontrar una distracción que me lo permitiera. Qué bronca, cómo se pierde la noción del tiempo cada día, y ahora, recién ahora, vivo en él como si fuera mi dueño.
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