Agarro mis cosas y, sin haber visto la pantalla, tengo que volver a empujar a la gente para bajar. Me pasé una parada y tengo mochila medio abierta. Verifico que no se me haya caído la billetera, empiezo a caminar y alterno, cada cincuenta metros, el brazo que lleva el bolso con los libros. Hago una parada estratégica en un kiosco para comprar chicles de menta y descansar dos minutos, y al sacar la billetera veo el celular y busco la llamada perdida: es de mi profesor. Escucho el mensaje con el vuelto en la mano y el bolso entre las piernas. Quiere saber si voy a ir a dejarle los libros y si voy a quedarme a comer. A pesar del frío siento las axilas húmedas. Guardo el vuelto en un bolsillo trasero del pantalón, me meto un chicle en la boca y, con el bolso colgando del hombro derecho, camino la última cuadra y media sin parar.
domingo, 18 de mayo de 2008
jueves, 8 de mayo de 2008
los libros (cont.)
-Es acá, piba.
sábado, 3 de mayo de 2008
Los libros
-Buenas. Noventa, por favor.
Saco el boleto, avanzo con el envión del colectivo que arranca y a los pocos pasos debo detenerme por la cantidad de gente. Aprovecho para revisar que no olvido nada. Cuando bajan algunos, sigo hasta llegar al fondo con la esperanza de que alguien me ceda el asiento. Podría decir que estoy embarazada: a los tres o cuatro meses no se nota, y menos con la cantidad de ropa que llevo puesta. Pero hacer algo así me daría pudor. Dejo el bolso ente mis piernas y tomo el caño que pasa sobre mi cabeza. La mochila también pesa, pero prefiero tenerla colgada para no maniobrar. Debo andar a medio comino. A pesar de que a esta hora ya no se ve casi nada, conozco el viaje y no es largo. Ya hice este recorrido varias veces, con la diferencia de que hoy está oscuro. Además, llevo mucho peso: veinte libros para devolver.
miércoles, 30 de abril de 2008
Ah!
domingo, 27 de abril de 2008
Olivia y la abuela bajo tierra
El año en que sus padres no llegaron a cubrir la cuota requerida por el Sr. Olegario, Olivia decidió que defendería la parcela subterránea de la abuela: aquel lugar no podía ser drenado o vaciado pues, considerando la cantidad de años que habían pasado desde el fallecimiento, esos metros cuadrados eran lo único que permitían evocarla. Instaló una carpa sobre la tumba para que la tierra que ya había allí no se gastara tan pronto – tal vez podrían comprar tierra cada dos o tres meses y mantener el lugar con lo mínimo indispensable.
domingo, 20 de abril de 2008
La tierra del cementerio
Olivia vivía en una región donde escaseaba la tierra y llovía demasiado. Los problemas que existían por falta de tierra ya se habían resuelto de alguno u otro modo, pero quedaba uno: el cementerio. La falta de tierra era una relativa novedad ya que había comenzado a hacerse notar veinte años antes, cuando ella recién nacía. La lluvia había comenzado a aumentar un poco antes de esa época, drenando la tierra, poco a poco, por algún lugar de las zonas bajas. Olivia sólo conocía aquel clima húmedo y las calles mojadas: siempre vestía botas de goma y llevaba un paraguas para cuando se desataba el temporal. Cuando el sol se dejaba ver en algún intervalo entre nubes, Olivia sentía que ardía su cara y abría el paraguas de nuevo.
La abuela había vivido hasta los ochenta y tres, dos meses después del décimo cumpleaños de su nieta. A partir de la muerte, Olivia y su madre irían rigurosamente cada mes al cementerio a limpiar la tumba, llevar flores y, tal vez, si las precipitaciones lo permitían, conversar entre las tres.
Para el momento del funeral, la tierra era escasa y cada vez más costosa. Aún así, se había conseguido la cantidad necesaria para un entierro digno. “Pero van a tener que seguir pagando si no quieren que en el futuro le de frío en los huesos a la abuela” había dicho como relamiéndose con dinero en los ojos el Sr. Olegario, viejo cuidador del cementerio.
