Almohadón para gatos bordado.
jueves, 22 de julio de 2010
domingo, 28 de febrero de 2010
Olvidable (parte 8)
Me quedé tomando aire un par de minutos, no quería regresar al cubículo que por el calor y sus integrantes ya era como un infierno. Cuando por fin el pelirrojo hizo un gesto -me apretó el pie-, bajé. Silvana me preguntó si había visto algo. Por el tono forzado no se notó la estupidez desesperada de su pregunta, y me limité a decirle que no. ¿Qué esperaba que que viera? Tampoco quería alterar a la embarazada que para ese momento ya estaba más tranquila, aunque todavía se tapaba un poco la cara y no paraba de largar cosas acerca de la punción que le acababa de hacer el ginecólogo, para saber si su bebé traía algún defecto genético.
Durante un rato estuvimos todos sentados, acostumbrándonos al aire. Antes de quedarme dormido, miré al pelirrojo, que todavía traía en los ojos una expresión que sólo vi en los ojos de mi perro el día antes de morir. Quice preguntarle si estaba bien, pero supe que no entendería. Las chicas hablaban de maternidad, Silvina decía que quería, pero que su novio no ganaba lo suficiente, y sus voces me llegaban cada vez desde más lejos, como si hubieramos estado en un túnel que se estiraba, y ellas se hubieran estado moviendo en dirección opuesta a la mia.
Durante un rato estuvimos todos sentados, acostumbrándonos al aire. Antes de quedarme dormido, miré al pelirrojo, que todavía traía en los ojos una expresión que sólo vi en los ojos de mi perro el día antes de morir. Quice preguntarle si estaba bien, pero supe que no entendería. Las chicas hablaban de maternidad, Silvina decía que quería, pero que su novio no ganaba lo suficiente, y sus voces me llegaban cada vez desde más lejos, como si hubieramos estado en un túnel que se estiraba, y ellas se hubieran estado moviendo en dirección opuesta a la mia.
lunes, 22 de febrero de 2010
Olvidable (parte 7)
Cuando volví a bajar la embarazada había vomitado en la bolsa que Silvina había improvisado. Los papeles que había traído dentro estaban apilados del otro lado, ordenados y encarpetados. Por reflejo miré hacia donde había dejado el sobre con mis papeles firmados para controlar que no se hubieran manchado. Si sumaba manchas al retraso, el jefe me mataría. El aire estaba denso con un olor dulce y metálico y como el olor a vómito hace que otros vomiten –y yo no quería quedarme abajo- se me ocurrió anudar la bolsa y sacarla al techo del ascensor, como si ese cubículo moderno hubiera sido nuestro hogar que necesitaba mantenerse limpio.
En el baño, al que más distraía con mis movimientos o vacías palabras valientes era a Nicolás. Martina lo ponía nervioso y él se ponía a transpirar, a veces temblaba. Verlo así me daba miedo, pero lo tapaba hablando de futbol –hablaba solo, en voz alta- o tramando nuestro escape, inventando manijas alternativas que nunca me hubiera atrevido a utilizar.
En el baño, al que más distraía con mis movimientos o vacías palabras valientes era a Nicolás. Martina lo ponía nervioso y él se ponía a transpirar, a veces temblaba. Verlo así me daba miedo, pero lo tapaba hablando de futbol –hablaba solo, en voz alta- o tramando nuestro escape, inventando manijas alternativas que nunca me hubiera atrevido a utilizar.
lunes, 15 de febrero de 2010
Olvidable (parte 6)
Salí del ascensor como si hubiera salido a la superficie de una pileta después de aguantar la respiración durante largos minutos. El aire afuera estaba fresco, como si la noche estuviera cayendo. Calculé que debían ser no más de las cinco. Me sostuve del techo del ascensor para aliviarle el peso al pelirrojo. No se veía nada, ni un rayo de luz que llegara de algún lugar habitado, sólo el que rebalsaba del agujero del que yo salía. Tenía ganas de gritar y pedir auxilio, pero por algún motivo me contuve. Miré hacia abajo: el pelirrojo tenía la cara que parecía que iba a explotar, pero no me decía nada, ni me miraba. La misma cara que puso Mario, la vez que tuve la idea de que nos escapáranos por la ventanita del baño. Yo fui primero. Martina no tenía fuerza para sostenerme. No quería quedarme solo en el baño y tener que dar explicaciones, si los otros lograban escapar. Al final tuvimos que rendirnos porque me encontré con que la ventana daba al vacío.
sábado, 9 de enero de 2010
Olvidable (parte 5)
Miré el techo por un buen rato. Sentía las respiraciones que hacía Silvina y las que repetía la embarazada y el cuerpo tenso del pelirrojo. Por el agujero no se veía nada, pero algo en esa oscuridad me dejaba mucho más tranquilo que la luz blanca que salía de las paredes. Le toqué el brazo al pelirrojo y abrió los ojos. Hice un gesto con la cabeza que apuntaba a la situación de las mujeres. No quería decir mis miedos en voz alta porque empeoran o se convierten en realidad. Le dije que me hiciera un estribo con sus dedos entrelazados, para que yo pudiera mirar hacia afuera, ver si el otro había podido encontrar una salida o, si seguía por allí, para decirle que se apurara. Estábamos en un edificio viejo, lleno de oficinas y consultorios, y el ascensor era un agregado en la poco transitada área de servicio.
lunes, 28 de diciembre de 2009
olvidable (parte 4)
La embarazada respiraba como si estuviera a punto de parir. Por la panza era evidente que todavía le faltaba un buen rato, pero la chica que se había estado comiendo las cutículas (se llamaba Silvina, o Silvana) estaba convencida de que tenía que hacer la respiración de parto. Yo no terminaba de decidir si era una herramienta de distracción o si realmente creía que eso le ayudaría a calmar el mareo. Del pelirrojo sólo me acuerdo que en ese momento tenía los ojos cerrados y que su silencio era incómodo, como el de un extranjero: un colombiano. El único pelirrojo que conocí, Pablo, un compañero de la primaria. Nadie lo quería cerca porque decíamos que tenía olor a queso. Se atrincheró en la lectura y eso lo convirtió en un objetivo mucho más fácil, como un animal lastimado. Cuando terminamos la primaria se cambió de escuela, o tal vez se volvió a Colombia, pero lo cierto es que nadie más se molestó por saber lo que fue de él. Lo recordé una sola vez, unos años después, y se me ocurrió rastrearlo, pero por falta de iniciativa o por aburrimiento, no lo hice.
domingo, 20 de diciembre de 2009
Olvidable (parte 3)
Martina era la única que a veces podía tomárselo con humor. Revisaba el botiquín para ver si había algún medicamento nuevo y jugaba a ser farmacéutica. Nos diagnosticaba cosas y nos daba remedios que Nicolás a veces se tomaba. Cuando no le prestábamos atención, payaseaba con la gorra de baño: hacía de cuenta que era una bolsa, y se ponía a respirar adentro, como si el espacio del baño fuera muy poco para ella, como si sus pulmones no pudieran soportar semejante vértigo.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Olvidable (parte 2)
El ascensor era de un tamaño parecido al baño donde nos encerraba papá cuando éramos chicos. Tenía un espejo grande, era de calcáreos grises, bastante triste. A la puerta se le salía la manija de adentro, y papá nos amenazaba cada vez que lo poníamos nervioso. Los que no sabían de la falla de nuestro baño no entendían la magnitud de la amenaza, pero aquella manija significaban una, tal vez dos horas en aquel cuarto apenas ventilado por una ventana que estaba cerca del techo, y que estaba a pocos metros de la pared del edificio lindante. A veces me metía a mi solo, pero ese día parecía como si papá nos hubiera metido a todos.
viernes, 4 de diciembre de 2009
Olvidable (parte 1)
Lo último que vimos de él antes de que la embarazada empezara a entrar en pánico fue el cordón sucio de su zapatilla. La chica que se había estado comiendo las cutículas con una voracidad que jamás había visto, abandonó su hazaña y comenzó a tranquilizarla. Al mirarlas, sentía que estaban lejos: no había nada que yo pudiera hacer. Las chicas se habían sentado de un lado y el pelirrojo y yo, del otro. Y el quinto acababa de salir por el techo.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
después del intervalo (FIN)
Cuando pasamos por la sala busco a Darío, pero no está o no puedo encontrarlo. El chico me sienta en el borde de la bañadera y me recomienda que me lave bien, con jabón, y que la próxima vez me ponga zapatos para salir. Me lavo con agua hirviendo porque no siento nada: se destiñe y se va. Mucho menos me voy a indisponer ahora, que la sangre se pierde por otro camino. Como las pastillas, seguro me olvidé los zapatos en lo de Belén. O tal vez Belén se los llevó a la pieza a propósito, y por eso dejó la puerta abierta. No tengo nada clavado en los pies, sólo lastimaduras. Es la falta de costumbre de usar zapatos altos. Cuando se guardan en el fondo de placard, las cosas se olvidan.
viernes, 30 de octubre de 2009
después del intervalo (parte 11)
Algunas personas se están yendo en un taxi, no alcanzo a ver quiénes son. Subo por las escaleras porque el ascensor está arriba, y toco el timbre como energúmena. Esta vez me abre una chica que no vi en toda la noche. Le pregunto por Guadalupe pero levanta los hombros porque no sabe de quién hablo. En la sala quedan menos personas o yo veo mejor o entra mucha luz entre las rendijas de la persiana. Cecilia se abalanza sobre mi, riéndose de mi maratón nocturna. Piensa que me fui con alguien y que no funcionó, pero no intento justificarme, me agota. Me lleva a la cocina a tomar agua porque le pica la garganta y le pregunto por Guadalupe. “Ya se fue”. Y Lucas “También”. Me cambia de tema. Ve que estoy descalza y que me sangran los pies, especialmente el derecho. Le baja la presión porque le impresiona la sangre, y quizás también porque le manché todo el piso de la cocina sin darme cuenta. A mi también me baja la presión, nosé por qué. Tal vez perdí mucha sangre en el camino. Un chico me lleva al baño para que me desinfecte, del pie caen gotitas. La chica que me abrió la puerta se queda abanicando a Cecilia con el menú de un restaurant chino de la vuelta, gritando que alguien le traiga un caramelo o algo.
lunes, 19 de octubre de 2009
después del intervalo (parte 10)
Llego a lo de Belén y toco el timbre tres veces para que sepa que soy yo. Me abre con la cara hinchada y los ojos como líneas. “Estaba durmiendo”, dice, y se me exalta todo el cuerpo. Si tuviera cola probablemente la movería, lista para deshacer mis pasos, hasta lo de mi prima. “Tenés cara de loca. Eso, o estás hecha mierda.” La abrazo con más fuerza de la que quería y le pregunto si está bien, pero no nos movemos de la entrada de su casa. Me dice que sí, mejor. Que probablemente duerma dos días seguidos, pero que mal no le va a venir. Le pregunto si quiere que me quede, y ruego en silencio que me deje volver. Me hace entrar, y hace que me tome aunque sea un té. Yo la sigo sin oponerme. Me pregunta, sin mirarme, si estaba Lucas, “Sí”; que si pasó algo, “No”. Me escucha mientras sirve el agua caliente en las tazas. Me dice que es una pena, pero suelta una risa- se ríe de mi- y yo no le digo nada. Empieza a sonar mi teléfono pero no atiendo hasta que ella me hace un gesto con las cejas. Es Cecilia que quiere saber dónde estoy. Le explico con vaguedad que tuve que irme, pero no puedo hilar las palabras unas con otras, me agota. Cuando cuelgo Belén me está mirando, enojada. Me dice que soy un desastre y que ella se va a dormir. “Vos, hacé lo que quieras.” Belén a veces me habla como mamá, pero esta vez hago lo que quiero. Ella se va al dormitorio y deja la puerta abierta. Yo me lanzo a la calle y corro las diez cuadras.
miércoles, 7 de octubre de 2009
después del intervalo (parte 9)
Vuelvo a cerrar los ojos, vuelvo a sentir a Lucas mirándome y, de nuevo, otras manos que me toman por la cintura; luego me rodean. Esta vez es Guadalupe que con un aliento denso me dice secretos que no termino entender, que incluyen a un hombre, y al baño. El baño me recuerda a mi amiga. Con los ojos abiertos me oriento y le digo a Guadalupe que tengo que hacer pis. “Te acompaño?” “No, todo bien.” Me encierro y me miro en el espejo. La misma cara que un año atrás, muy distinta a la del ascensor un par de horas antes. Los ojos vidriosos, entrecerrados, con el delineador un poco corrido, el cuerpo más liviano que lo usual. Me gusta cómo me veo, siento que podría correr una maratón y ganarla, o que puedo salir y transformarme en cualquier cosa. Hago pis: me preocupa que todavía no me haya indispuesto, pero mi atención se enfoca en las tres llamadas perdidas que me marca el teléfono. La última es de hace media hora asique llamo. Me atiende mi amiga llorando diciendo que algo de la película la hizo acordar al padre, que se tomó algunas pastillas de las que me olvidé la semana pasada.
Salgo del baño en automático y, aunque no quiero irme, agarro mi cartera del cuarto, cruzo la sala entre manos y cuerpos transpirados que de tanto pegote parece que me quieren invitar a quedarme, y salgo a la calle. El fresco me despabila y me duelen los pies. Me saco los zapatos y empiezo a caminar, atenta al piso. No pasa ningún taxi y todavía escucho la música del tercero. Mientras camino pienso en Lucas, pero se me confunde con la cara de Darío. Los recuerdos del año pasado son como fotos en blanco y negro, o una película en cámara lenta, con el cuerpo de Lucas, pero con la cara de Darío, y la semana que no salí del departamento, y el llanto de mamá. Camino más rápido, buscando la forma de regresar pronto sin ser irresponsable. Mi amiga va a recordarme lo que viene después de la noche, pero no me importa si la pérdida es sólo de un año.
Salgo del baño en automático y, aunque no quiero irme, agarro mi cartera del cuarto, cruzo la sala entre manos y cuerpos transpirados que de tanto pegote parece que me quieren invitar a quedarme, y salgo a la calle. El fresco me despabila y me duelen los pies. Me saco los zapatos y empiezo a caminar, atenta al piso. No pasa ningún taxi y todavía escucho la música del tercero. Mientras camino pienso en Lucas, pero se me confunde con la cara de Darío. Los recuerdos del año pasado son como fotos en blanco y negro, o una película en cámara lenta, con el cuerpo de Lucas, pero con la cara de Darío, y la semana que no salí del departamento, y el llanto de mamá. Camino más rápido, buscando la forma de regresar pronto sin ser irresponsable. Mi amiga va a recordarme lo que viene después de la noche, pero no me importa si la pérdida es sólo de un año.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
después del intervalo (parte 8)
Voy hacia Darío, me siento junto a él. Me pide que lo acompañe a la cocina, que hay una sorpresa. De nuevo me guía de la cintura, y ya ni me doy cuenta. La luz blanca nos hace taparnos la cara por un momento. Al abrir los ojos nos volvemos a mirar, para asegurarnos de algo. Por la forma en que me mira estoy convencida de que puedo hacer lo que quiera. En la mesa hay tres personas armando líneas de cocaína, y tomándolas, como en una carrera. Nos sentamos con ellos, Darío hace dos rollitos con billetes de diez pesos y aspiramos nuestra primer línea. Cuando la terminamos, veo que tenemos una columna de zurcos blancos listos para que continuemos hasta donde queramos. Veo la torta de cumpleaños sobre la mesada, todavía con la velitas sin prender, pero con algunos manotazos menos. Es una ocasión especial, una vez al año no está mal. Nos tomamos la segunda y se asoma Lucas. Lo miro como si no estuviera, como si él y Darío fueran la misma persona porque da igual. A la tercera línea me late varias veces el párpado inferior del ojo derecho y decido, por el momento, concluir con la incursión. Darío me limpia la nariz, inhala con ruido, se frota los dientes y guarda los billetes. Por algún motivo agradecemos la generosidad del proveedor y la gentileza de la compañía agachando las cabezas como hacen los japoneses, y regresamos a la sala de la mano, a bailar. En el bolsillo tengo una bolsita que me agarré de la mesa, para más tarde. Creo que ni Darío se dio cuenta.
Parece como si todos se hubieran puesto de acuerdo: podríamos ser veinte o cincuenta o cien bailando en esta sala. No llego a ver las paredes; prácticamente no veo a las personas que dan vueltas y vueltas. En la marea de gente me pierdo de Darío, pero no me doy cuenta, ni él. Bailo como si no hubiera nadie, con un impulso frenético. Los brazos que suben y bajan solos. Soy un animal que despliega lo que tiene para seducir al que puede. Con los ojos cerrados sé que Lucas está cerca, que deja a la chica, que ahora me quiere a mi porque estoy con otro. Alguien que no es él me toma por la cintura y no me sobresalto ni abro los ojos. Podría pasarme horas con los ojos cerrados. La voz de mi prima me dice que la pone feliz verme bailar, y me da un poco de champagne. Antes de fundirse con los otros me dice que me vio, y que hacemos linda pareja. Si me detuviera a pensarlo sabría que soy conceptualmente disfuncional como pareja, pero sonrío y le creo.
Parece como si todos se hubieran puesto de acuerdo: podríamos ser veinte o cincuenta o cien bailando en esta sala. No llego a ver las paredes; prácticamente no veo a las personas que dan vueltas y vueltas. En la marea de gente me pierdo de Darío, pero no me doy cuenta, ni él. Bailo como si no hubiera nadie, con un impulso frenético. Los brazos que suben y bajan solos. Soy un animal que despliega lo que tiene para seducir al que puede. Con los ojos cerrados sé que Lucas está cerca, que deja a la chica, que ahora me quiere a mi porque estoy con otro. Alguien que no es él me toma por la cintura y no me sobresalto ni abro los ojos. Podría pasarme horas con los ojos cerrados. La voz de mi prima me dice que la pone feliz verme bailar, y me da un poco de champagne. Antes de fundirse con los otros me dice que me vio, y que hacemos linda pareja. Si me detuviera a pensarlo sabría que soy conceptualmente disfuncional como pareja, pero sonrío y le creo.
sábado, 12 de septiembre de 2009
después del intervalo (parte 7)
Como si me hubiera oido, tengo a Guadalupe prendida de la muñeca, sonriendo, salvadora, con las tetas que casi se le escapan del escote violeta. Me dice algo que no entiendo y me tomo la copa de una sola vez, más pendiente de lo que está pasando en la parte de la fiesta que acabo de abandonar. Guadalupe me lleva de la mano a un costado para conversar. Se la ve excitada; trae una botella y tomamos del pico –tal vez debería sorprenderme, pero las horas tienden a deformar un poco todo. Siento que pierdo el ritmo, pero me suelto para que me lleven con la corriente. Estoy agradecida con Guadalupe y me cae mucho mejor. Le converso de lo que quiera, y me divierto. Mientras me habla de la vez que conoció a Cecilia –el teatro- sin querer miro a los lados para ver si Lucas me mira o al menos me busca. Pero no veo nada, sólo luces rojas, verdes y azules, caras que parece que se mueven, que beben, cuadro por cuadro, que mueven las bocas como si cantaran –yo no escucho nada-, y que sacuden los cuerpos como si bailaran. Guadalupe termina de atrapar mi atención cuando dice que es actriz y estudiante avanzada de fiolosofía. Se rie de mi cara y me habla de su tesis de grado, de la obra que quiere codirigir; y bebe champagne del pico alternándose conmigo. Le cuento de mis estudios frustrados, del laboratorio que tengo en casa, la muestra que me ofrecieron hacer pero nosé, la carrera que empecé hace dos años y que tengo que concentrarme mucho para no abandonar. Mi amiga es una parte fundamental, mi pie en la universidad. Le sorprende encontrarse a una psicóloga y le digo que falta muchísimo, que a mi me sorprende la actriz. Brindamos por la paz mundial, y mientras bebo mi parte, ella agrega que vino con la intención de tener una buena noche, y creo que me guiña un ojo. Nos abrazamos como amigas que se reencuentran después de mucho tiempo y me dice que el italiano me mira, que si no salimos a cazar pronto no va a quedar nada. Pero primero nos terminamos la botella para que el cuerpo vaya más liviano, para que mañana hayan algunos recuerdos más de qué arrepentirse. Guadalupe dice que a veces hay que saber disfrazarse, como vestirse para un ritual, y actuar un poco para adaptarse a cualquier lugar. Le miro las tetas de nuevo, y me gustaría tener un escote más profundo.
viernes, 4 de septiembre de 2009
después del intervalo (parte 6)
Me termino la copa de champagne, me paso el delineador negro por los ojos, el brillo por los labios, hago pis y vuelvo. Voy directo a la mesa donde están las botellas, procurando ser vista y sin mirar a nadie. Me paro derechita y busco la botella verde. La voz de Lucas me pregunta si quiero champagne. Le busco los ojos que sólo alcanzo a ver con un destello verde. Acerco mi copa sin decir nada, no porque no quiera decirle algo sino porque no tengo nada. Lamento que haya llegado tan pronto –en un par de copas voy a estar más ágil. Sinceramente, prefiero quedarme callada antes que decir una estupidez. Me devuelve la copa llena y sirve otras dos: señal suficiente de que mi tiempo –desaprovechado- se terminó. Con una sonrisa impostada me escabullo en la jungla de piernas y brazos en la búsqueda de una cara concida –Guadalupe; me acordé- que tenga la habilidad de permitirme hacer de cuenta que la estoy pasando tan bien. Alguien me agarra de la muñeca y de un tirón me hace dar la vuelta. Por el acumulamiento de personas ni siquiera pierdo el equilibrio. Se me cae un poco de champagne, sí, pero nadie se da cuenta que le tiré un poco en el vestido a una piba, y en el pelo a otra que parece una enana. Tal vez simplemente no importa.
miércoles, 26 de agosto de 2009
después del intervalo (parte 5)
En la habitación hay un velador prendido. La luz amarilla se refleja en la cara de Darío, que no se parece en nada a la de Lucas, pero que me entusiasma igual. Tiro la cartera en la cama y sé que está midiendo la forma en que me muevo. En situaciones como estas puedo apurarme y salir corriendo o aprovechar el conocimiento que tengo –inutilizado hace un tiempo- sobre el comportamiento de chicas como las amigas de mi prima. Me dice dos o tres cosas en italiano –de las mecánicas, pero me da igual-, y brindamos antes de volver a la fiesta en la sala.
Cecilia me estaba buscando. Me lleva a un rincón y me dice que llegó Lucas. “Está con una chica, pero no es la novia. Además es fea.” Me meto en el baño y llamo a mi amiga de la facultad. A ella, como a mi, no le gustan los tacos, ni las fiestas como estas, pero no tiene primas. Y además a mi me gusta el champagne. Le cuento de Lucas, de la chica que todavía no vi pero que es fea. Aunque no lo conoce, a ella no le gusta Lucas, dice que es tan narcisista que debe ser un gay reprimido, que me deje de joder. Yo a veces pienso que a mi amiga tal vez le gusto -cuando uso zapatillas-, y por eso desaprueba de mis amoríos. De cualquier forma se lo permito, porque tengo un historial que en general deja mucho que desear. Me dice que me vaya temprano –para ella es obvio que debería morirme de aburrimiento muy pronto-, le avise y la pase a visitar. Vive a diez cuadras de donde estoy, y va a estar viendo una película. Le recuerdo que quiero conocer a alguien y me contesta que no estoy en el lugar adecuado. Y que no empecemos.
Cecilia me estaba buscando. Me lleva a un rincón y me dice que llegó Lucas. “Está con una chica, pero no es la novia. Además es fea.” Me meto en el baño y llamo a mi amiga de la facultad. A ella, como a mi, no le gustan los tacos, ni las fiestas como estas, pero no tiene primas. Y además a mi me gusta el champagne. Le cuento de Lucas, de la chica que todavía no vi pero que es fea. Aunque no lo conoce, a ella no le gusta Lucas, dice que es tan narcisista que debe ser un gay reprimido, que me deje de joder. Yo a veces pienso que a mi amiga tal vez le gusto -cuando uso zapatillas-, y por eso desaprueba de mis amoríos. De cualquier forma se lo permito, porque tengo un historial que en general deja mucho que desear. Me dice que me vaya temprano –para ella es obvio que debería morirme de aburrimiento muy pronto-, le avise y la pase a visitar. Vive a diez cuadras de donde estoy, y va a estar viendo una película. Le recuerdo que quiero conocer a alguien y me contesta que no estoy en el lugar adecuado. Y que no empecemos.
jueves, 20 de agosto de 2009
después del intervalo (parte 4)
Alguien me pone una copa de champagne en la mano mientras le digo algunas cosas a Guadalupe y busco a Cecilia con la mirada. Puedo oirla hablando fuerte, excitada en algún punto de la habitación de luces apagadas, con destellos lumínicos rojos, verdes y azules que salen de un par de aparatitos colgados del techo. El timbre ya sonó de nuevo y mi acompañante –decido que será mi nueva amiga por esta noche- se fue a abrir la puerta dando saltitos entre los que conversan y se rien en su camino.
Busco los cigarrillos torpemente con la mano que me queda libre. Me apuro un poco: hay algo de tener las manos ocupadas que me gusta; un elemento sociabilizador pero inaccesible; la prueba del falso orgullo a estar sola en medio de un enorme grupo de personas. Avanzo con cuidado, intentando no salpicar y no caerme de los tacos. Llevo el cigarrillo apagado por encima de mi cabeza, como si pudiera quemar a alguien. Distingo el contorno de Cecilia y me acerco hasta que me ve. Se separa del grupo de cuatro y me abraza con dos chillidos sutiles de genuina alegría. Me explica que pensaba que no vendría por lo del año pasado y el quilombo familiar. Le doy un beso y le señalo los zapatos: vine por el segundo round. Creo que no entiende –o se hace la que no entiende-, y me dice que estoy hermosa y me presenta al grupo. Mariano, Julieta, Delfina y Darío. Saludo con un beso a todos y vuelvo a Cecilia para preguntarle en secreto lo que ya sabe, pero ya se fue a saludar a otros, recién llegados. Uno del grupo me acerca un encendedor prendido y me pregunta con tono extranjero –italiano- si no quiero dejar mi cartera en la habitación. Me rio. Chupo el cigarrillo con fuerza y vuelvo a reir. A los amigos de Cecilia les gusta ser anfitriones. Y hace un año un hombre me preguntaba exactamente lo mismo. No llego a contestar y siento una mano en la cintura que me conduce hasta el fondo del pasillo: me dejo conducir por la mano de un hombre, con la misma naturalidad de los zapatos y un vestido sin corpiño. Y porque las reglas de la casa, el espíritu de la fiesta, son otras. Tomo más champagne. El deja-vu y las burbujas me sugieren que me quede en fiesta.
Busco los cigarrillos torpemente con la mano que me queda libre. Me apuro un poco: hay algo de tener las manos ocupadas que me gusta; un elemento sociabilizador pero inaccesible; la prueba del falso orgullo a estar sola en medio de un enorme grupo de personas. Avanzo con cuidado, intentando no salpicar y no caerme de los tacos. Llevo el cigarrillo apagado por encima de mi cabeza, como si pudiera quemar a alguien. Distingo el contorno de Cecilia y me acerco hasta que me ve. Se separa del grupo de cuatro y me abraza con dos chillidos sutiles de genuina alegría. Me explica que pensaba que no vendría por lo del año pasado y el quilombo familiar. Le doy un beso y le señalo los zapatos: vine por el segundo round. Creo que no entiende –o se hace la que no entiende-, y me dice que estoy hermosa y me presenta al grupo. Mariano, Julieta, Delfina y Darío. Saludo con un beso a todos y vuelvo a Cecilia para preguntarle en secreto lo que ya sabe, pero ya se fue a saludar a otros, recién llegados. Uno del grupo me acerca un encendedor prendido y me pregunta con tono extranjero –italiano- si no quiero dejar mi cartera en la habitación. Me rio. Chupo el cigarrillo con fuerza y vuelvo a reir. A los amigos de Cecilia les gusta ser anfitriones. Y hace un año un hombre me preguntaba exactamente lo mismo. No llego a contestar y siento una mano en la cintura que me conduce hasta el fondo del pasillo: me dejo conducir por la mano de un hombre, con la misma naturalidad de los zapatos y un vestido sin corpiño. Y porque las reglas de la casa, el espíritu de la fiesta, son otras. Tomo más champagne. El deja-vu y las burbujas me sugieren que me quede en fiesta.
viernes, 7 de agosto de 2009
después del intervalo (parte 3)
En lo de mi prima me recibe Guadalupe, una chica que no conozco, de altura promedio, pero extremadamente flaca y con tetas de estreno. Está encargándose de la puerta, me explica, para que Cecilia pueda disfrutar del festejo. Insiste en que la llame Guada, y aunque le aseguro que lo haré, sé que es muy probable que en diez minutos olvide su nombre o la confunda con sus amigas. Mientras me acompaña al living me imagino a un grupo de veinte chicas con la cara y las tetas de Guadalupe, insistiéndome que las llame Guada a la misma vez.
Se preocupa porque soy de afuera, entonces me esfuerzo por entablar alguna conversación que sé inútil desde el principio. Los parlantes largan una música saturada y la gente está en movimiento: las conversaciones deben limitarse a lo estrictamente mecánico. De cualquier forma, necesito cómplices o amigos por un par de horas: alguien con quien pueda sentirme cómoda y, con suerte, desinhibida para cuando llegue Lucas. Debería ser selectiva, pero no dispongo de tanto tiempo, y a juzgar por el comportamiento generalizado, cualquier persona podría ser la equivocada.
Se preocupa porque soy de afuera, entonces me esfuerzo por entablar alguna conversación que sé inútil desde el principio. Los parlantes largan una música saturada y la gente está en movimiento: las conversaciones deben limitarse a lo estrictamente mecánico. De cualquier forma, necesito cómplices o amigos por un par de horas: alguien con quien pueda sentirme cómoda y, con suerte, desinhibida para cuando llegue Lucas. Debería ser selectiva, pero no dispongo de tanto tiempo, y a juzgar por el comportamiento generalizado, cualquier persona podría ser la equivocada.
viernes, 31 de julio de 2009
después del intervalo (parte 2)
Mientras bajo, me miro al espejo del ascensor de reojo como si alguien pudiera verme desde una cámara imperceptible, traicionandome sólo a mi misma, aunque crea que es mucho más que eso. Me repaso los labios con el brillo rosado y salgo a la calle como si estuviera acostumbrada al vestido sin corpiño y a los zapatos que hacen “clic clac clic clac”. (Casi sin querer aceptarlo me encuentro disfrutando de la sensación de la madera contra el piso de la planta baja y la vereda).
En el borde de la calle me aliso el vestido mientras espero un taxi libre. Me rodeo con los brazo como si hiciera frío, paso el peso de mi cuerpo de una a otra pierna cada cinco segundos sin realmente intentar controlarlo. Es natural: cuántos años hace que no salgo con mi prima. Me suelto la cintura y controlo que el pelo siga en su lugar. Corre un viento que es menos que viento y por fin llega un taxi.
En el borde de la calle me aliso el vestido mientras espero un taxi libre. Me rodeo con los brazo como si hiciera frío, paso el peso de mi cuerpo de una a otra pierna cada cinco segundos sin realmente intentar controlarlo. Es natural: cuántos años hace que no salgo con mi prima. Me suelto la cintura y controlo que el pelo siga en su lugar. Corre un viento que es menos que viento y por fin llega un taxi.
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