miércoles 18 de noviembre de 2009
después del intervalo (FIN)
Cuando pasamos por la sala busco a Darío, pero no está o no puedo encontrarlo. El chico me sienta en el borde de la bañadera y me recomienda que me lave bien, con jabón, y que la próxima vez me ponga zapatos para salir. Me lavo con agua hirviendo porque no siento nada: se destiñe y se va. Mucho menos me voy a indisponer ahora, que la sangre se pierde por otro camino. Como las pastillas, seguro me olvidé los zapatos en lo de Belén. O tal vez Belén se los llevó a la pieza a propósito, y por eso dejó la puerta abierta. No tengo nada clavado en los pies, sólo lastimaduras. Es la falta de costumbre de usar zapatos altos. Cuando se guardan en el fondo de placard, las cosas se olvidan.
viernes 30 de octubre de 2009
después del intervalo (parte 11)
Algunas personas se están yendo en un taxi, no alcanzo a ver quiénes son. Subo por las escaleras porque el ascensor está arriba, y toco el timbre como energúmena. Esta vez me abre una chica que no vi en toda la noche. Le pregunto por Guadalupe pero levanta los hombros porque no sabe de quién hablo. En la sala quedan menos personas o yo veo mejor o entra mucha luz entre las rendijas de la persiana. Cecilia se abalanza sobre mi, riéndose de mi maratón nocturna. Piensa que me fui con alguien y que no funcionó, pero no intento justificarme, me agota. Me lleva a la cocina a tomar agua porque le pica la garganta y le pregunto por Guadalupe. “Ya se fue”. Y Lucas “También”. Me cambia de tema. Ve que estoy descalza y que me sangran los pies, especialmente el derecho. Le baja la presión porque le impresiona la sangre, y quizás también porque le manché todo el piso de la cocina sin darme cuenta. A mi también me baja la presión, nosé por qué. Tal vez perdí mucha sangre en el camino. Un chico me lleva al baño para que me desinfecte, del pie caen gotitas. La chica que me abrió la puerta se queda abanicando a Cecilia con el menú de un restaurant chino de la vuelta, gritando que alguien le traiga un caramelo o algo.
lunes 19 de octubre de 2009
después del intervalo (parte 10)
Llego a lo de Belén y toco el timbre tres veces para que sepa que soy yo. Me abre con la cara hinchada y los ojos como líneas. “Estaba durmiendo”, dice, y se me exalta todo el cuerpo. Si tuviera cola probablemente la movería, lista para deshacer mis pasos, hasta lo de mi prima. “Tenés cara de loca. Eso, o estás hecha mierda.” La abrazo con más fuerza de la que quería y le pregunto si está bien, pero no nos movemos de la entrada de su casa. Me dice que sí, mejor. Que probablemente duerma dos días seguidos, pero que mal no le va a venir. Le pregunto si quiere que me quede, y ruego en silencio que me deje volver. Me hace entrar, y hace que me tome aunque sea un té. Yo la sigo sin oponerme. Me pregunta, sin mirarme, si estaba Lucas, “Sí”; que si pasó algo, “No”. Me escucha mientras sirve el agua caliente en las tazas. Me dice que es una pena, pero suelta una risa- se ríe de mi- y yo no le digo nada. Empieza a sonar mi teléfono pero no atiendo hasta que ella me hace un gesto con las cejas. Es Cecilia que quiere saber dónde estoy. Le explico con vaguedad que tuve que irme, pero no puedo hilar las palabras unas con otras, me agota. Cuando cuelgo Belén me está mirando, enojada. Me dice que soy un desastre y que ella se va a dormir. “Vos, hacé lo que quieras.” Belén a veces me habla como mamá, pero esta vez hago lo que quiero. Ella se va al dormitorio y deja la puerta abierta. Yo me lanzo a la calle y corro las diez cuadras.
miércoles 7 de octubre de 2009
después del intervalo (parte 9)
Vuelvo a cerrar los ojos, vuelvo a sentir a Lucas mirándome y, de nuevo, otras manos que me toman por la cintura; luego me rodean. Esta vez es Guadalupe que con un aliento denso me dice secretos que no termino entender, que incluyen a un hombre, y al baño. El baño me recuerda a mi amiga. Con los ojos abiertos me oriento y le digo a Guadalupe que tengo que hacer pis. “Te acompaño?” “No, todo bien.” Me encierro y me miro en el espejo. La misma cara que un año atrás, muy distinta a la del ascensor un par de horas antes. Los ojos vidriosos, entrecerrados, con el delineador un poco corrido, el cuerpo más liviano que lo usual. Me gusta cómo me veo, siento que podría correr una maratón y ganarla, o que puedo salir y transformarme en cualquier cosa. Hago pis: me preocupa que todavía no me haya indispuesto, pero mi atención se enfoca en las tres llamadas perdidas que me marca el teléfono. La última es de hace media hora asique llamo. Me atiende mi amiga llorando diciendo que algo de la película la hizo acordar al padre, que se tomó algunas pastillas de las que me olvidé la semana pasada.
Salgo del baño en automático y, aunque no quiero irme, agarro mi cartera del cuarto, cruzo la sala entre manos y cuerpos transpirados que de tanto pegote parece que me quieren invitar a quedarme, y salgo a la calle. El fresco me despabila y me duelen los pies. Me saco los zapatos y empiezo a caminar, atenta al piso. No pasa ningún taxi y todavía escucho la música del tercero. Mientras camino pienso en Lucas, pero se me confunde con la cara de Darío. Los recuerdos del año pasado son como fotos en blanco y negro, o una película en cámara lenta, con el cuerpo de Lucas, pero con la cara de Darío, y la semana que no salí del departamento, y el llanto de mamá. Camino más rápido, buscando la forma de regresar pronto sin ser irresponsable. Mi amiga va a recordarme lo que viene después de la noche, pero no me importa si la pérdida es sólo de un año.
Salgo del baño en automático y, aunque no quiero irme, agarro mi cartera del cuarto, cruzo la sala entre manos y cuerpos transpirados que de tanto pegote parece que me quieren invitar a quedarme, y salgo a la calle. El fresco me despabila y me duelen los pies. Me saco los zapatos y empiezo a caminar, atenta al piso. No pasa ningún taxi y todavía escucho la música del tercero. Mientras camino pienso en Lucas, pero se me confunde con la cara de Darío. Los recuerdos del año pasado son como fotos en blanco y negro, o una película en cámara lenta, con el cuerpo de Lucas, pero con la cara de Darío, y la semana que no salí del departamento, y el llanto de mamá. Camino más rápido, buscando la forma de regresar pronto sin ser irresponsable. Mi amiga va a recordarme lo que viene después de la noche, pero no me importa si la pérdida es sólo de un año.
miércoles 23 de septiembre de 2009
después del intervalo (parte 8)
Voy hacia Darío, me siento junto a él. Me pide que lo acompañe a la cocina, que hay una sorpresa. De nuevo me guía de la cintura, y ya ni me doy cuenta. La luz blanca nos hace taparnos la cara por un momento. Al abrir los ojos nos volvemos a mirar, para asegurarnos de algo. Por la forma en que me mira estoy convencida de que puedo hacer lo que quiera. En la mesa hay tres personas armando líneas de cocaína, y tomándolas, como en una carrera. Nos sentamos con ellos, Darío hace dos rollitos con billetes de diez pesos y aspiramos nuestra primer línea. Cuando la terminamos, veo que tenemos una columna de zurcos blancos listos para que continuemos hasta donde queramos. Veo la torta de cumpleaños sobre la mesada, todavía con la velitas sin prender, pero con algunos manotazos menos. Es una ocasión especial, una vez al año no está mal. Nos tomamos la segunda y se asoma Lucas. Lo miro como si no estuviera, como si él y Darío fueran la misma persona porque da igual. A la tercera línea me late varias veces el párpado inferior del ojo derecho y decido, por el momento, concluir con la incursión. Darío me limpia la nariz, inhala con ruido, se frota los dientes y guarda los billetes. Por algún motivo agradecemos la generosidad del proveedor y la gentileza de la compañía agachando las cabezas como hacen los japoneses, y regresamos a la sala de la mano, a bailar. En el bolsillo tengo una bolsita que me agarré de la mesa, para más tarde. Creo que ni Darío se dio cuenta.
Parece como si todos se hubieran puesto de acuerdo: podríamos ser veinte o cincuenta o cien bailando en esta sala. No llego a ver las paredes; prácticamente no veo a las personas que dan vueltas y vueltas. En la marea de gente me pierdo de Darío, pero no me doy cuenta, ni él. Bailo como si no hubiera nadie, con un impulso frenético. Los brazos que suben y bajan solos. Soy un animal que despliega lo que tiene para seducir al que puede. Con los ojos cerrados sé que Lucas está cerca, que deja a la chica, que ahora me quiere a mi porque estoy con otro. Alguien que no es él me toma por la cintura y no me sobresalto ni abro los ojos. Podría pasarme horas con los ojos cerrados. La voz de mi prima me dice que la pone feliz verme bailar, y me da un poco de champagne. Antes de fundirse con los otros me dice que me vio, y que hacemos linda pareja. Si me detuviera a pensarlo sabría que soy conceptualmente disfuncional como pareja, pero sonrío y le creo.
Parece como si todos se hubieran puesto de acuerdo: podríamos ser veinte o cincuenta o cien bailando en esta sala. No llego a ver las paredes; prácticamente no veo a las personas que dan vueltas y vueltas. En la marea de gente me pierdo de Darío, pero no me doy cuenta, ni él. Bailo como si no hubiera nadie, con un impulso frenético. Los brazos que suben y bajan solos. Soy un animal que despliega lo que tiene para seducir al que puede. Con los ojos cerrados sé que Lucas está cerca, que deja a la chica, que ahora me quiere a mi porque estoy con otro. Alguien que no es él me toma por la cintura y no me sobresalto ni abro los ojos. Podría pasarme horas con los ojos cerrados. La voz de mi prima me dice que la pone feliz verme bailar, y me da un poco de champagne. Antes de fundirse con los otros me dice que me vio, y que hacemos linda pareja. Si me detuviera a pensarlo sabría que soy conceptualmente disfuncional como pareja, pero sonrío y le creo.
sábado 12 de septiembre de 2009
después del intervalo (parte 7)
Como si me hubiera oido, tengo a Guadalupe prendida de la muñeca, sonriendo, salvadora, con las tetas que casi se le escapan del escote violeta. Me dice algo que no entiendo y me tomo la copa de una sola vez, más pendiente de lo que está pasando en la parte de la fiesta que acabo de abandonar. Guadalupe me lleva de la mano a un costado para conversar. Se la ve excitada; trae una botella y tomamos del pico –tal vez debería sorprenderme, pero las horas tienden a deformar un poco todo. Siento que pierdo el ritmo, pero me suelto para que me lleven con la corriente. Estoy agradecida con Guadalupe y me cae mucho mejor. Le converso de lo que quiera, y me divierto. Mientras me habla de la vez que conoció a Cecilia –el teatro- sin querer miro a los lados para ver si Lucas me mira o al menos me busca. Pero no veo nada, sólo luces rojas, verdes y azules, caras que parece que se mueven, que beben, cuadro por cuadro, que mueven las bocas como si cantaran –yo no escucho nada-, y que sacuden los cuerpos como si bailaran. Guadalupe termina de atrapar mi atención cuando dice que es actriz y estudiante avanzada de fiolosofía. Se rie de mi cara y me habla de su tesis de grado, de la obra que quiere codirigir; y bebe champagne del pico alternándose conmigo. Le cuento de mis estudios frustrados, del laboratorio que tengo en casa, la muestra que me ofrecieron hacer pero nosé, la carrera que empecé hace dos años y que tengo que concentrarme mucho para no abandonar. Mi amiga es una parte fundamental, mi pie en la universidad. Le sorprende encontrarse a una psicóloga y le digo que falta muchísimo, que a mi me sorprende la actriz. Brindamos por la paz mundial, y mientras bebo mi parte, ella agrega que vino con la intención de tener una buena noche, y creo que me guiña un ojo. Nos abrazamos como amigas que se reencuentran después de mucho tiempo y me dice que el italiano me mira, que si no salimos a cazar pronto no va a quedar nada. Pero primero nos terminamos la botella para que el cuerpo vaya más liviano, para que mañana hayan algunos recuerdos más de qué arrepentirse. Guadalupe dice que a veces hay que saber disfrazarse, como vestirse para un ritual, y actuar un poco para adaptarse a cualquier lugar. Le miro las tetas de nuevo, y me gustaría tener un escote más profundo.
viernes 4 de septiembre de 2009
después del intervalo (parte 6)
Me termino la copa de champagne, me paso el delineador negro por los ojos, el brillo por los labios, hago pis y vuelvo. Voy directo a la mesa donde están las botellas, procurando ser vista y sin mirar a nadie. Me paro derechita y busco la botella verde. La voz de Lucas me pregunta si quiero champagne. Le busco los ojos que sólo alcanzo a ver con un destello verde. Acerco mi copa sin decir nada, no porque no quiera decirle algo sino porque no tengo nada. Lamento que haya llegado tan pronto –en un par de copas voy a estar más ágil. Sinceramente, prefiero quedarme callada antes que decir una estupidez. Me devuelve la copa llena y sirve otras dos: señal suficiente de que mi tiempo –desaprovechado- se terminó. Con una sonrisa impostada me escabullo en la jungla de piernas y brazos en la búsqueda de una cara concida –Guadalupe; me acordé- que tenga la habilidad de permitirme hacer de cuenta que la estoy pasando tan bien. Alguien me agarra de la muñeca y de un tirón me hace dar la vuelta. Por el acumulamiento de personas ni siquiera pierdo el equilibrio. Se me cae un poco de champagne, sí, pero nadie se da cuenta que le tiré un poco en el vestido a una piba, y en el pelo a otra que parece una enana. Tal vez simplemente no importa.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)